Historiletras: Libro I. Capítulo VII

jueves, 28 de noviembre de 2013

Libro I. Capítulo VII

Lauro, junio del año 44 a.C.
La luz del alba empezaba a enrojecer el cielo, y la brisa, que había soplado suavemente toda la noche, arreció convirtiéndose en un verdadero vendaval.
Sexto, se giró al percibir un movimiento. Era Tito, que estaba despertando.
      -¡Flavia, Flavia! ¡Tito está despertando! –gritó enseguida, llamando a la chica.
En un instante, mientras se acercó al herido, llegó la muchacha.
      -¡Tito, despierta, soy Sexto! ¿Me reconoces? Habla.
Se hizo un silencio mientras esperaron la reacción de Tito, que abrió sus ojos verdes llenándolos de expresividad al reconocer los rostros.
      -¡Flavia, hija! ¡Sexto! ¡Por los dioses! ¿Dónde estoy? –dijo con dificultad.
      -¡No, tío! No te esfuerces. Estas malherido, en casa. –le respondió la chica.
Parecía que el profundo sueño lo había reparado bastante, y su lucidez animaba a pensar en una pronta recuperación, pero su pierna estaba terriblemente gangrenada.

Flavia era hija de Quinto Flavio, hermano de Tito. Ambos, hijos de Marco Flavio, opositor a Pompeyo el Grande y uno de los más notables lugartenientes de la primera época de Quinto Sertorio, en la que hallaría la muerte durante la Guerra Social. Ella, viendo la recuperación de su tío bajó a prepararle la cura de hierbas y algo de alimento. Mientras, Sexto quedó para interrogarle.
      -¡Mi bolsa! ¡Coged mi bolsa, y poned en marcha mis órdenes, no hay tiempo que perder! –dijo el herido a Sexto.
      -Descuida, está todo en poder de Vibio. –le contestó Sexto.
      -Tito, necesitamos saber qué planes tiene Octaviano.
      -Octaviano confía en que su posición de heredero de Julio César lo sitúa por delante de sus rivales. Ni Marco Antonio ni Lépido tienen suficiente fuerza para oponerse. Claro que, siempre que no se alíen. Pero es muy poco probable conociendo sus propias ambiciones. A pesar de todo, Octaviano fue informado de una supuesta traición mía contra sus intereses, y de mi implicación en la muerte de Julio César. De ahí que me ordenase acudir a audiencia en Roma, y de ahí el máximo incógnito de mi viaje.
      -A pasado tanto tiempo, Tito. Creímos lo peor. Desde que saliste hacia Roma, llegas con un retraso de varias calendas. ¡No debiste ocultarnos la magnitud del objeto de tu viaje! ¡Yo debería haberte acompañado! ¿Qué pasó? –le preguntó Sexto.
      -Era imprescindible camuflar mi viaje, y cuanto más, mejor. Octaviano aún lo desconoce, pero hay una conspiración maquinada por un viejo conocido, Manius Milo. Todo gira en torno a ese canalla, y en torno a mi pasado popular, a favor de Julio César, y en contra Pompeyo y de los optimates –se detuvo fatigado y tosió- Octaviano no ha llegado a dudar de mí. En los últimos años ha habido una sombra oculta sobre Roma, proyectada por Milo. Su mente maquinó el apoyo del Senado a Pompeyo, provocando la guerra civil. Maquinó el asesinato de Julio César y creó todo tipo de intrigas –volvió a toser y se dolió del pecho-. Esta promoviendo una alianza secreta entre Sexto Pompeyo y Lépido, con parte del Senado, para borrar todo signo de los populares. Pretenden una República de optimates sin resistencia. Por su parte, Octaviano tiene planes de conseguir el título de Augusto, aboliendo la República definitivamente y haciéndose emperador divino. Para ello, necesita contener las pretensiones de Lépido y Antonio. Pero mientras la sombra de Milo planee sobre nuestras cabezas, no existe plan seguro. ¡Buscar en mi bolsa, y poned en marcha mi plan!
      -¡Manius Milo! ¡Infame bastardo! Descuida Tito, Vibio se encarga de ello. Dime, ¿quién os atacó en vuestro regreso hacia Tarraco? –le preguntó Sexto.
      -Mi salida hacia Roma tuvo que ser sigilosa y secreta. Octaviano sabe de la presencia de espías de Marco Antonio y Lépido en todas las esquinas, incluso espías de Sexto Pompeyo. Era primordial que nadie, ni siquiera vosotros, conocierais tampoco el itinerario de mi regreso.
El viaje de ida, en barco, ya fue muy arriesgado. Sexto Pompeyo tiene patrullas de mercenarios piratas desde las Balearicas hasta Corsica. Afortunadamente salimos airosos. Finalmente, conseguimos llegar a Roma de una pieza. –Casi no pudo terminar el relato. Le fallaba la voz y le faltaba aire.
Flavia entró en la habitación con una sopa y un vaso de agua, y viendo que el herido se fatigaba al hablar, intervino.
      -Descansa tío. Después de comer algo ya seguiréis vuestro relato.
La muchacha se colocó junto a Tito, de pie a la altura de la cabecera del camastro, y comenzó a darle ella misma la comida.
Después de haber tomado alimento, volvió a desmayarse al no poder soportar el terrible dolor de su destrozada rodilla.
      -Es preciso que amputemos su pierna, Flavia. Si no lo mata esa gangrena, morirá de dolor. Hay que hacerlo ya, aunque sea una posibilidad entre mil que lo logremos. –dijo Sexto a la muchacha, que contuvo la respiración sin decir nada. Nada había que decir. Era impepinable, y se limitó a asentir con la cabeza.
Sexto se daba ánimos.
      -Lo he visto cientos de veces. Lo he visto miles de veces ¿Tienes un serrucho, Flavia?
      -Si, junto a los aperos de labranza. Traeré también vendajes y agua. -contestó Flavia, al mismo tiempo que salía de la habitación.
En pocos minutos, aprovechando el desmayo de Tito, llevaron a cabo la operación. Fue un rato terrible. Sexto estaba acostumbrado a ver todo tipo de carnicerías, pero la chica no. Aún así estuvo entera y firme todo el tiempo que duró.
Le cortaron la pierna a unos cuatro dedos por encima de la rodilla. Sexto se llevó aquel macabro objeto, porque ya no era otra cosa, a enterrarlo mientras Flavia se quedó vendando y limpiando a su tío.
Después de la operación, Flavia tenía que atender tareas de la casa, y Sexto volvió a quedarse haciendo guardia y recordando  su pasado en Telo Martius.
Telo Martius, febrero del año 56 a.C.
Una vez habían maquinado sus planes Manius Milo y Aurelio Meno, se ordenó formar a todo el personal en el patio para ver la ejecución del reo.
El ambiente era muy desagradable, en el poste plantado en medio del patíbulo se hallaba atado el desdichado legionario sobre el que se iba a reflejar la crudeza de la mente sin escrúpulos de Milo. Se llamaba Poncio Jacinto Verus, era plebeyo, romano, y su mayor ambición era hacer carrera militar porque la herrería de su padre la había heredado su hermano mayor. No tenía más de veinte años.
El muchacho estaba semiinconsciente, su clavícula destrozada le hacía mantener el brazo replegado sobre el cuerpo, y su ánimo le hacía tener su mirada hacia el suelo, perdida entre las comisuras de los tablones de madera. Ni lloraba, ni se lamentaba, su abatimiento era tal que no le dejaba emitir sonido alguno. Ni siquiera era consciente de su pena de muerte.
Manius Milo se colocó enfrente de toda la formación, quedando el patíbulo delante suyo, a su costado derecho. Entonces comenzó su discurso, con un tono grave y un volumen muy alto.
      -“Hoy es el día en el que nuestro honor, nuestro orgullo, y nuestro deber se manifiestan inequívocamente a favor de Roma. La lealtad que jurasteis todos se sobrepone a la traición de éste criminal. Ante vosotros tenéis el gusano de la manzana. Su traición estaba pudriendo el honor y la gloria de nuestras filas, conspirando en silencio y entre nosotros. En este documento tenemos la confesión de Poncio Jacinto Verus, en la que conspira junto a Aurelio Sexto Albus para el asesinato del Prefecto Lucilio Cinnianus. Los dioses han sido más benevolentes con Albus al no permitirle vivir hasta el día de hoy. En cambio, para escarmiento público, es nuestro deber aplastar al gusano para salvar el resto de manzanas. Poncio Verus, te condeno a ser azotado hasta la muerte por los delitos de sedición y asesinato. Daremos parte de tu traición, y para mayor escarmiento propondremos que en plaza pública sean azotados con no menos de veinte latigazos cada uno de los miembros de tu familia, y los de la familia de Aurelio Albus. Así todo el mundo se entere de vuestra vergüenza y sirva de advertencia para aquellos infelices cómplices o imitadores.”

Un terrible escalofrío corrió por la espalda de todos. Excepto por Milo y Meno, claro. Ellos habían dado el primer paso de un acuerdo privado que, pretendían, los impulsase en sus ambiciones. Ahora había que dar un segundo paso, más delicado, había que informar al César de lo ocurrido y de cómo se había resuelto, pero más aún, había que ganarse al César de manera inequívoca y logrando resultados suculentos.
Milo dio la orden de comenzar el castigo, y dos legionarios desnudaron al reo y lo irguieron, dejando así toda su espalda al descubierto. Uno de los milites cogió la vara de sarmiento y comenzó a azotarlo en tandas de diez varazos. El otro, acabada cada tanda hacía comprobación en el aliento y los latidos para asegurarse si ya había muerto, o no. Tras cada comprobación le indicaba a su compañero que siguiese, haciendo un gesto rotatorio, terrible, con el dedo índice de su mano.
Verus necesitó sólo treinta azotes gracias a que su mente hacía ya mucho rato que lo había abandonado, y como favor de los dioses, no se enteró de ninguno de los varazos, aunque su espalda sangraba abundantemente. Había sucedido alguna vez que, con aquella misma vara, se habían inflingido castigos de treinta, cuarenta o cincuenta azotes, sin ser condenas a muerte, e incluso varios de los que la habían probado estaban allí formados, viendo el espectáculo, llorando y recordando perfectamente el terrible dolor del sarmiento azote tras azote, desde el primero. Terrible.

En el cuartel de Telo Martius había, como en cualquier sitio, hombres buenos y malos, pero la cuestión de quién es el bueno o el malo es algo totalmente trascendental.
Allí, el peor era Manius Milo. Si hubiese sido un legionario, sus compañeros, antes o después, hubiesen hecho buena cuenta de él, pero el Prefecto en funciones tenía más poder que un dios.
Milo era un ser despreciable, era un excelente militar que conocía todos los secretos militares, pero su personalidad desprendía emociones a distancia. Su presencia provocaba mucho miedo en los legionarios. Todos conocían su sadismo y el placer que sentía haciendo daño. Ese motivo era por el que todos  sabían que el muchacho ejecutado era totalmente inocente.
Ese carácter obedecía a un gran complejo de inferioridad, que lo absorbía encerrándolo en lo más profundo de su mente. Desde ese abismo podía elucubrar las más malvadas ideas y los más retorcidos planes. Todo sin ningún atisbo de arrepentimiento, ni conciencia.
En el trato con sus superiores se solía mostrar su complejo, haciéndole mirar al suelo, o irritando con sus respuestas.

Era un manipulador nato, y no dudaría nunca en mentir ni moldear la realidad  para conseguir el provecho de cualquier situación o persona. Sus planes iban a ser grandes, y sus consecuencias, tremendas.

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