Historiletras: Libro I. Capítulo VI

jueves, 28 de noviembre de 2013

Libro I. Capítulo VI

Roma, marzo del año 56 a.C.
Acompañado por la patrulla, el jovencísimo Vibio Baro llegó a la villa de Fausto Cornelio Sila.
Su guardia personal acudió a la entrada principal alertados por la presencia de la patrulla. Fueron informados de la situación, y se avisó inmediatamente al tribuno Sila.
En unos instantes llegó, acompañado por una docena de sirvientes. Ofreció agua fresca a la patrulla, y ésta lo agradeció enormemente.
Una vez acabado el refrigerio, el centurión se despidió de Baro:
      -Recuerda muchacho, vendré a buscarte para enseñarte como bebe un hispano.
      -¡Vuestra inquieta lengua parece más de una vieja que de un soldado! ¡Hasta la vista! –le contestó Baro.
Ambos volvieron a reírse, de nuevo sin compañía de nadie. La patrulla se marchó inmediatamente.

Vibio estaba muy impresionado por el enorme alarde de poder y riqueza mostrado en el entorno de Sila. Por su parte, Fausto Sila estaba de pie, esperando que el muchacho se presentase, bajo un arco en la entrada de su lujosa villa urbana. Era un lugar bellísimo, con gran arboleda de pinos, abetos, robles, palmeras, bellísimas fuentes de piedra, y toda clase de comodidades y lujo. Por fuera, y por dentro.
Vibio se presentó:
      -Sila, soy Vibio Baro, mi padre os envía un afectuoso saludo y recuerdo.
      -¡Pasa, pasa! Considérate en tu casa. Me alegra recibir noticias de tu padre. ¿Qué asuntos te traen a Roma? –le preguntó Sila.
      -Después de la próxima calenda me incorporo a filas en Telo Martius, y confiamos que me aceptéis bajo vuestra protección aquí en Roma, y si fuera necesario, me ayudéis con vuestra influencia. Mi padre confía en que pueda labrarme mejor destino desde Roma que desde casa, en la Narbonensis. Es de dominio público la agitación que hay por todo el imperio por causa del reparto de poder entre cónsules y Senado. Con vuestra tutela, quiero intentar conseguir amistades que me ayuden en un futuro político después de servir en el ejército.
 - Será un honor que te quedes en mi casa el tiempo que quieras, pero has de saber que corren tiempos difíciles. La alianza secreta entre Julio César, Craso y Pompeyo era intuida, pero ahora ha sido revelada, y creo que la enemistad entre ellos acabará por desmoronar el sueño de Roma. Entre los tres acaparan todo el poder, y el que finalmente prevalezca logrará ostentarlo en solitario. Ahora Pompeyo no se fía de Craso, pero tampoco de Julio. Y ocurre lo mismo, pero al revés, con cada uno. Se sabe de una reunión, aunque supuestamente secreta, que ha convocado Julio César a celebrar en Lucca, y a la que, aún sin ser invitados, acudirá el Senado. Quizás sea la última ocasión que va a tener la República de frenar la crecida de poder en manos militares. Pero… no sigamos aquí, pasemos dentro. –dijo Sila, que cogió del brazo al muchacho, y lo entró en la villa.
Antes de pasar al edificio, pasearon por el jardín, dónde continuaron charlando amigablemente.
Era un jardín extraordinario, con flores que habían estallado ya, mostrando sus coloridos pétalos. Además de todo tipo de plantas, había un gran estanque lleno de peces y escandalosas ranas. Por las calles del jardín se veían pavos reales, con sus  recién  renovadas colas levantadas, alardeando, y graznando.
Fausto Sila siguió con su discurso.
      -Soy funcionario del imperio, y mi vida política me causa más preocupación que satisfacción. Casi no puedo ni siquiera salir sólo a pasear por mi propio jardín. Después de mi vuelta desde Jerusalem, junto a Pompeyo, he visto como mis enemigos están en cada esquina esperando mi paso para provocarme un tropiezo. Los optimates quieren hallar en mí su ansiado gran triunfo sobre los populares. Me han colgado toda su confianza, pero eso me acarrea muchos más enemigos. ¡Ojalá hubiera heredado la solidez y determinación de mi padre! –se detuvo un momento dubitativo-. Por cierto…tu padre, muchacho, conozco que está del lado de los populares, y tú ¿qué opinas de todo esto?
      -Yo soy demasiado joven. Y mi padre jamás olvidará cuando os conocisteis. –respondió Vibio intentando huir de un respuesta directa.
      -Sí…, -echó unas risas cortas-, ¡y que me salvó la vida!
      -Sí, exacto. Eso me contó. Tal y como están los ánimos políticos, confío que la diferencia de ideas no influya en ti. Espero no tener dificultades.
      -Por supuesto que no. Tengo una gran deuda con tu familia. –Fausto se mostró muy conciliador, y con esas palabras Vibio se sinceró con él-.
      -Desde nuestra casa, la visión que tenemos del conflicto es muy clara: consideramos la postura de los optimates como el principal problema. No buscamos vuestro exterminio, como sí buscáis vosotros la desaparición de los populares. Pretendéis el control absoluto político, económico y militar, para vosotros, en manos de unos pocos romanos. Pretendéis que el título de ciudadano romano no salga de Italia, y sin embargo pretendéis que os paguemos por ser romanos desde todo el imperio. Mi padre apoyó económicamente a Sertorio no con la intención de independizar Hispania o la Galia, de Roma, sino de rivalizar con ella si ella no nos asumía como parte igual. Nosotros nos consideramos romanos, pero como vosotros. Tenemos vuestra ley, vuestra cultura, vuestro arte, vuestra lengua, os pagamos tributos, luchamos para el imperio, pero no deseáis que seamos ciudadanos romanos. Además, pretendéis ostentar el poder económico, y declaráis enemigos a la casta de los équites, quien viendo vuestras intenciones está alineada con Julio César. Intuyo que, para cualquier provincia del imperio, le es indiferente su clase política, siempre y cuando se aplique justicia romana para todos. En las circunstancias actuales preferimos, sin duda, la disolución de ésta República podrida e injusta. –dijo Baro, notándose bien aliviado.
      -¡Por los dioses que serás un excelente político, muchacho! Tu oratoria es buena, muy buena. Ahora no deseo discutirte, eres mi invitado y procuraré que no te falte nada durante tu estancia en Roma. No dejes que la rivalidad de ideas suponga un abismo. Mi casa estará siempre abierta para vosotros. –dijo Fausto zanjando la conversación y levantándose del banco en el que se habían sentado. Seguidamente entraron en el edificio, donde Vibio quedaría asombrado.

A pesar de la belleza y grandiosidad de la parte exterior de la villa, nada hacía imaginar a Vibio lo que había en su interior. Fausto vivía en auténticos palacios. Tenía dos villas suburbanae[1], pero la mayor parte del año lo pasaba en esta villa, que aunque rural, no estaba demasiado alejada del casco urbano.
Disponía de termas, y el sistema de calefacción alcanzaba, incluso, las estancias de sus sirvientes y esclavos, que en total eran más de treinta. Su atrio tenía un precioso peristilo de columnas dóricas, rodeando un espacio ajardinado y con tres enormes fuentes.
En el interior del edificio, todas las estancias tenían el suelo decorado con grandes mosaicos de vivos colores, con motivos religiosos y bélicos.
Sus tres alturas hacían de él el edificio más alto de toda la zona, y desde su máxima altura se contemplaba una panorámica completa de Roma.
Tal era la belleza de la villa que los senadores optimates la preferían, sobre cualquier otra, para celebrar sus reuniones. Y allí, se tomarían muchas decisiones importantes.







[1] Residencia aristócrata en la ciudad.

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