Historiletras: Libro I. Capítulo IV

lunes, 15 de julio de 2013

Libro I. Capítulo IV

Lauro, junio del año 44 a.C.
El jinete que se llevó el pequeño cofre de madera del malherido Tito se llamaba Vibio Baro y, al igual que Sexto, tenía treinta años. Era un joven de familia acomodada, residente en Narbo Martius[1], la capital de la Narbonensis. Su condición económica le daba el derecho de servir al Imperio como équite, pero además, la influencia de un conocido de la familia le facilitó abandonar provincias y dirigirse a conocer Roma, para luego incorporarse a filas en el acuartelamiento de Telo Martius, donde coincidiría con su, todavía por entonces desconocido, amigo Sexto Petrus.
Ambos servían a Tito Flavio como centuriones de su guardia pretoriana, y habían tenido el honor de hacerlo también con César. Ahora esperaban su nombramiento como tribunos laticlavios[2], consejeros del Legado propretor de César,  Tito Flavio.
Igual que Sexto, era moreno, pero con la piel bastante más clara debido a la ascendencia celta de su madre. Era un hombre leal, muy astuto y un gran líder, con gran confianza y determinación.
Después de salir de Lauro a galope tendido, a once leguas lo deberían esperar, acampados, los hombres de su turmae y los de la de Sexto. De allí, deberían regresar hacia Saguntum.
Cabalgaba a galope sin aminorar la marcha, y la imagen de su viejo amigo Tito, a un paso de la muerte y destrozado por las heridas, le causó gran pesar. Alivió esta imagen tan reciente con otra totalmente contraria y muy alejada en el tiempo.


Roma, marzo del año 56 a.C.
Hacía ya muchos años, un joven Vibio Baro dejó su tierra al sur de la Galia, para ir a Roma.
Apenas llegó a Roma, con absoluto desconocimiento del lugar y de sus habitantes, buscó indicaciones que lo dirigieran a la casa de Fausto Sila.
Fausto era hijo de Lucio Cornelio Sila, el dictador. Su padre fue uno de los mayores políticos y militares que había dado el imperio, y para muchos, el mayor sanguinario. Había luchado en Hispania contra Sertorio, y contra el padre de Vibio.
Fue, precisamente, el padre de Vibio quien le había salvado la vida, en cierta ocasión, protegiéndolo de unos bandidos. De ahí la extraña relación de Vibio con semejante personaje.

Sila  quería emular a su padre y tenía especiales dotes para la vida política, estaba rodeado por padrinos importantísimos, entre ellos Cicerón que, al igual que el resto de senadores conservadores, veían en él un hombre fuerte para la defensa de la causa republicana de los optimates. En los círculos de confianza republicanos se comenzaba a proponer como candidato a la pretura[3], aunque finalmente alcanzaría el grado de cuestor.

Vibio quedó sorprendido por la escasa atención que se le prestaba al requerir indicaciones que lo ayudasen a llegar a su destino. Toda la gente andaba ensimismada, solos o acompañados, pero siempre absortos con sus quehaceres. Vibio pasó por varias zonas de la ciudad, permitiéndole hacerse una primera idea de lo que era Roma. Lo primero que le llamó la atención era que, una vez entró en sus primeras calles, desapareció el horizonte y sus colinas. Había edificios de tres y cuatro alturas, y otros que, aun sólo de una altura, superaban a los anteriores. Muy a menudo, encontraba templos para todos, y cada uno, de los dioses. Encontró sectores urbanos que diferían mucho entre sí porque, aun estando todos empedrados y dotados de servicios, una zona era de edificios de madera, otra de madera y piedra, otra de piedra y mármol, y había otras zonas hermosísimas de mármol y alabastro, llena de construcciones conmemorativas, más templos, más palacios, y toda una serie de edificios que eran muestra del grandísimo poder romano. Unas zonas tenían callejuelas, otras zonas, calles, y otras, elegantes vías con anchura para varios carros. Y por todas ellas, de vez en cuando, se veían pasar patrullas de legionarios haciendo funciones públicas, o escoltando a personajes ilustres. Y un bullicio tremendo, causado por cientos de personas que iban en todas las direcciones.
Esperó el paso de la siguiente patrulla, y preguntó al decurión al mando.
      -¡Decurión, busco la casa de Fausto Sila! –dijo Vibio dirigiéndose hacia la patrulla.
      -¿Quién eres, muchacho? ¿Qué te relaciona con Sila? –le interrogó el decurión.
      -¿Qué te importan mis circunstancias? – contestó el joven.
      -¡Por todos los dioses!, ¡eres galo, ¿verdad?! -exclamó el decurión, notándole el acento al joven-. Dime, galo, ¿qué asuntos traen a un provinciano como tú, a Roma?
      -¡Mis asuntos, míos son! – respondió el muchacho, y con un gesto de orgullo decidió volverse de espalda para seguir su camino, despreciando los comentarios del militar.
      -¡Espera, hombre, espera! ¿Acaso habéis perdido el sentido del humor en la Galia? Te escoltaremos a la villa de Sila, no está lejos, pero es preciso conocer tu identidad y motivos, pues debemos informar de ello tratándose de un personaje tan notorio como el que buscas.
      -Agradecido quedo entonces. Me llamo Vibio Baro, vengo de la Narbonensis, y me dirijo a visitar a un amigo de mi familia. Por cierto…, los galos somos famosos por nuestra predisposición al jolgorio y el ocio. Ambos, campos muy propicios para cosechar sentido del humor.
      -¡Por Júpiter que te juzgue mal! Pero… no es menos cierto que si a los galos os han atribuido tal título es porque a los hispanos nos sobra tanto reconocimiento por lo mismo, que entregamos el sobrante a Roma para que lo reparta como le venga en gusto –replicó con mucha habilidad el decurión, ante la atónita y estúpida mirada de su patrulla que no entendió la broma.
      -¡Por Marte que sois un bocazas, decurión! ¡De buena gana os mostraría como bebe y ríe un galo!
      -Te daré la oportunidad para ello, muchacho. Un día de éstos te buscaré y haré que beses mis sandalias para rebajar ese orgullo.
      -Habéis dicho que sois hispano. ¿De dónde? Tengo parientes allí. – preguntó con curiosidad Vibio.
      -Soy natural de Corduba. Me llamo Cayo Marcelo.
      -Yo, aunque nací en la Narbonensis, desciendo de la región de Ampurias. ¡Así pues, beberás y reirás con otro hispano! ¡Por eso estaba seguro de poder vencerte!

Ambos se rieron a carcajadas ante el resto de legionarios, ninguno de los cuales, decididamente,  tenía el más mínimo sentido del humor.
      -Dime, Cayo Marcelo, ¿cómo has venido a parar a Roma desde la Hispania Ulterior? Tenía entendido que el servicio en Roma estaba bastante restringido, y además el clima bélico, todavía tibio en Hispania, debería haberte retenido por allí.
       -Así es, Baro. De hecho, provengo de una cohorte de la Legión Hispana que sirve a los intereses de Julio César con destino en Tarraco. Mi estancia en Roma es circunstancial y efímera. Bueno…, eso espero.
Vibio creyó que Cayo Marcelo no quería profundizar mucho en los motivos de su estancia en Roma. Y era algo perfectamente comprensible: declararse al servicio de Julio César ante alguien que va a visitar la casa de Sila, como amigo, era una combinación de elementos muy inestable.
Vibio intentó romper la tensión, aclarando sus intenciones.
      -Mi destino es Telo Martius. Voy a combatir bajo las órdenes de César en la Galia, y mi estancia en Roma también es momentánea. Deseo hacer carrera política, y quiero servirme de un conocido de la familia para hacerme un hueco, desde dentro.
       -Y el conocido de tu familia es Fausto Sila, ¿no?
      -Exacto.
      -No quisiera que te molestaras con lo que te voy a decir pero… -antes de que Cayo Marcelo acabara la frase, Vibio lo interrumpió en seco.
      -No simpatizo con él. Cualquier romano de provincias sabe bien lo que representa el nombre de Sila. Y yo, igual que tú, créeme. Mi visita, como te he comentado, es interesada.

Después de esto, Cayo tuvo más claras las intenciones del muchacho.
      -Descubrirás que Roma no es lo que creías. Antes de llegar te imaginas que es la mismísima villa de Júpiter, que de sus fuentes emana vino, y hasta habrás oído alguna vez que en Roma se cagan sestercios y se mea mosto. No, Vibio, Roma es muy peligrosa. Cuídate de tus influencias, muchacho. La rivalidad política es tal que no hay día sin que se produzca un atentado y cien sobornos. Si quieres saber que hago en Roma, te diré que protejo a ciertos senadores amenazados de muerte por Cicerón y su banda de canallas.
      -Conozco la rivalidad entre optimates y populares, puedes creerlo. Y conozco bien la calaña de Sila.
      -¡Por Marte, que son peligrosas tus palabras! Cuídate mucho no sólo ante Sila, sino sobre todo ante Cayo Claudio, o Curión. Todos ellos rinden cuentas a Cicerón, y éste, a pesar de su exilio es el que los dirige a todos. Reprime tu lengua y pasarás desapercibido.
      -No deseo esconder mis ideas.
      -Muchacho, siendo prudente no escondes tus ideas. En Roma hay también buenos hombres, búscalos y pídeles su tutela, pero no la busques nunca en Sila. Si eres capaz de encontrar a los que te recomiendo, no tendrás dificultad en localizarme.
-Lo tendré en cuenta.
Estaban ya próximos a la villa de Sila, y tuvieron que detener la conversación.
Cayo Marcelo era un militar recto y serio, en la misma medida que su personalidad era alegre y desenfrenada.




[1] Narbona.
[2] Rango senatorial con mando militar inmediatamente inferior al Legado.
[3] Magistratura por debajo del consulado.

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